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8 de octubre de 2010

La Convivencia.



“CONVIVENCIA”.

Bonita palabra, su significado nos lleva a las puertas de un mundo perfecto.

Representa, más que un acto, una actitud. La actitud del que respeta a quienes lo rodean. En pocas palabras, representa ejercer tus derechos sin pisar los derechos de los demás. Y su ejercicio debería ser innegociable en cualquier situación en la que nos veamos comprometidos, y en la que estén involucradas otras personas, sean conocidas o no.

Ahora bien, ¿se aprende a convivir?... Ó ¿cuándo aprendemos a convivir? Ambas preguntas van unidas en respuesta, y no es algo que se aprenda de la noche a la mañana, ni de repente, como el que aprende a encender la televisión. Es algo que se aprende con el tiempo, poniendo en práctica los valores que nos han sido inculcados en nuestra educación, desde pequeños y por todo nuestro entorno. Se comienza con el RESPETO y a través de la HUMILDAD se llega a la TOLERANCIA. Y la tolerancia es la clave que nos permitirá convivir con todos los que nos rodean. Quien aprende un día a convivir, lo hace para toda la vida, es como andar en bicicleta o nadar, nunca se olvida.

Parece un camino fácil, pero si no se tienen ese tipo de valores, uno se queda a mitad de camino por mucho que tenga un GPS… Hay personas que son incapaces de convivir, ni siquiera consigo mismo, posiblemente porque atraviesan con demasiada frecuencia el límite marcado por sus derechos, y campan a sus anchas por la vida, sin tener en cuenta que viven acompañados de otros semejantes con los mismos derechos. La mayoría de las veces, por no decir todas las veces, que alguien traspasa esos límites marcados, está motivado y tiene su origen en el EGOÍSMO.

Para conseguir una convivencia plena, tenemos que encontrar la armonía entre nuestros derechos y los de los demás. Y aunque lo parezca, no es fácil encontrar esa armonía. Hay que superar ciertas dificultades para saber interpretar dónde está la línea que marca el límite. Y es precisamente esa dificultad, lo que eleva a la convivencia a la categoría de arte. Sí, podemos afirmar que la convivencia es un arte, porque no todo el mundo es capaz de alcanzar el punto óptimo. Quien lo consigue se convierte en un artista de la convivencia, que alcanza su máxima expresión en el día a día con familiares y vecinos, pero que también se presenta en pequeñas dosis y en diferentes ámbitos de nuestra vida: trabajo, ocio…

Cuando hablamos de “convivencia”, solemos hacer referencia principalmente a la que tiene lugar bajo el mismo techo. Se podría pensar que de todas las convivencias es la más importante y complicada, por la duración e intensidad que la caracteriza, pero en realidad no es la más difícil de alcanzar. Bajo mi punto de vista, al tener como “convivientes” a personas a las que generalmente queremos, y que representan una parte muy importante en nuestra vida, es más fácil transigir en cualquier tipo de diferencia de pareceres. Además, el conocimiento mutuo y la confianza que tenemos con esas personas tan cercanas, siempre nos da pistas de hasta dónde podemos llegar con nuestros actos, permitiéndonos licencias que en otros lugares y con otras personas no nos permitiríamos, y siempre tendremos más flexibilidad para transgredir los límites. Sin embargo, en la convivencia fuera de nuestro entorno, la dificultad aumenta, ya que el desconocimiento de la personalidad de quienes nos rodean no nos da ninguna flexibilidad, y es ahí cuando necesitamos poner en práctica todos nuestros valores para poder llevarla a buen puerto.

Todo aquello que hacemos rodeados de otras personas, debe estar presidido por la convivencia, aunque la mayoría de ocasiones, ni siquiera llegamos a ser conscientes de ello. Por ejemplo, simplemente con acudir a cualquier espectáculo, el mecanismo de la convivencia se auto activa de una manera inconsciente y se pone en alerta, para proporcionarnos a nosotros mismos y a los demás la armonía necesaria para… convivir. Pero quien no tiene dicho mecanismo obviamente no se activará, alterando así la convivencia del hábitat en el que se encuentre, abriendo la posibilidad de generar cualquier conflicto que provoque el consiguiente rechazo de los demás. Normalmente, a la gente que no sabe convivir, el egoísmo le impide ver la realidad, y es difícil que lleguen a comprender cualquier otro punto de vista que no sea el suyo…

Como dije al principio, alcanzar una convivencia sin fisuras nos acerca a un mundo perfecto, pero… mucho tiene que cambiar nuestra sociedad para que lo logremos, y de momento, simplemente es… una utopía.