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17 de enero de 2011

Crónicas Chumbescas. Capítulo 8.

Lea antes esto (si no lo ha hecho ya).


Adaptarse a un cambio tan importante en sus vidas, no fue nada fácil para nuestros protagonistas. Superado el trauma inicial provocado por los viajes en autobús, se enfrentaban ahora al reto de compartir aula con un buen número de alumnos de ciudad (como Jason les llamaba), y no era nada difícil distinguir a unos de otros. A simple vista, bastaba con echar un vistazo a su indumentaria, para llegar a la conclusión de quien era de ciudad y quien no… Ahora bien, si se llegaba a conocer más profundamente a cada alumno, la certeza de quién no vivía en la ciudad era aún mayor…

Los profesores tenían en cuenta tal circunstancia, e intentaron concienzudamente integrar en la dinámica escolar a los alumnos que provenían de fuera de la ciudad. No fue fácil, es más, fue difícil. Y no porque los nuevos fueran unos inadaptados, que lo eran, si no más bien por los tontos prejuicios que tenían los alumnos que vivían en la ciudad. Por alguna extraña razón, se creían superiores a sus nuevos compañeros y se lo recordaban continuamente con desprecios. Pero ello no hizo mella en Higor y el resto, de hecho no era nada nuevo para ellos, acostumbrados a que les sucediera en su propio pueblo, casi que lo estaban esperando, así que se limitaron a seguir con su vida como si nada.

Al cuarto día, nuestros amigos por fin pudieron comer en el comedor del instituto. No es que nadie les hubiera impedido comer allí, pero hasta ese día no le habían podido encontrar, y ya casi habían perdido la fe cuando Micky se perdió buscando los lavabos y se dio de bruces con un letrero que ponía “Comedor”. Impresionado por su hallazgo, se lo dijo a sus compañeros, quienes saltaron alborozados celebrando el extraordinario descubrimiento. No obstante, sus limitados recursos económicos, les obligaba a llevarse la comida de casa, aunque al menos podían disfrutar de su comida bajo techo en los días en que la climatología les daba la espalda.

Un día cualquiera de la segunda semana, mientras comían en el comedor, se percataron de que dos mesas más allá de la suya, una chica hacía lo propio en la más absoluta de las soledades. Enseguida llegaron a la conclusión de que debía tratarse de alguien marginado por vaya usted a saber qué motivo. Intrigados por tal suposición y tras debatir durante unos minutos, decidieron intentar un acercamiento para averiguarlo. Fue, cómo no, Jason quien se encargó de llevarlo a cabo, y lo decidieron así por ser éste quien se desenvolvía con más desparpajo a la hora de sociabilizar. Se levantó y se dirigió hacia ella con paso firme y decidido, y al llegar hizo gala de su facilidad de palabra diciendo: “Hola.”

Ella levantó su mirada lentamente. Una mirada tan ausente como su higiene, hecho que no pasó desapercibido para Jason, quien por mucho que fuera granjero y estuviera acostumbrado a ciertos olores, no dejó de sentirse extrañado, y al mismo tiempo, le facilitó su segunda frase, que en realidad fue una pregunta: “¿Eres granjera?”… (Jason siempre fue de pensamiento retardado y nada más formular la pregunta pensó “yo soy granjero y no huelo mal, ¡mecachis!...”) Pero la chica ni se inmutó, siguió mirándole como si estuviera en otro mundo y tras unos segundos interminables para Jason le preguntó, iniciando así la siguiente conversación:

Chica- “¿Siempre inicias así todas las conversaciones?

Jason- No, te lo he preguntado porque hueles mal… (de nuevo se arrepintió casi instantáneamente). Quiero decir que hueles como yo… a granja.

Chica- ¿Y a ti también te han cortado el agua de la ducha?

Jason- Sí, pero no importa, porque en la granja reutilizamos el agua. Nos pasaba tan a menudo que mi padre tuvo que idear un sistema de autoabastecimiento… Entonces… ¿a ti te lo han cortado?

Chica- No, se lo han cortado a mi vecino, yo ni siquiera tengo agua en casa.

Esbozó una ligera sonrisa al comprobar que Jason se había quedado perplejo porque no se podía explicar tal circunstancia, te podían quitar el agua, pero no tenerlo nunca….

Chica- Me llamo Mariela ¿y tú?

Jason- Yo me llamo Jason, y… (haciendo un esfuerzo extra, ya que nunca pensó que la conversación llegara tan lejos)… y me preguntaba si querrías sentarte conmigo y mis amigos…

Mariela- No sé… (girando la cabeza echó un vistazo hacia donde se encontraban aquellos tres granjeros, quienes en un intento baldío de disimular desviaban su mirada precipitadamente). ¿Ellos también huelen mal?... quiero decir… ¿ellos también huelen a granja?...

Jason- (entusiasmado)… ¡Sí!...!Sí!...incluso peor, ya lo verás….



Con aire dubitativo, y lentamente, Mariela se levantó de su asiento y cogiendo su bandeja siguió a Jason en dirección a la mesa donde esperaban Higor, Micky y John, tan impacientes como nerviosos…

Continuará...


11 de septiembre de 2010

Crónicas Chumbescas. Capítulo 7.

                                                                                                                       (Lea el Capítulo anterior).


El final del verano dio paso a un nuevo año escolar. Y con ello iba a llegar un cambio bastante significativo en las vidas de nuestros protagonistas, porque el nuevo curso sería el primero en el que asistirían al instituto, o a la “High School”, como le llaman allí. Por supuesto, ninguno de ellos tenía la más mínima intención de llegar a cursar estudios universitarios, pero el paso por el instituto era obligatorio (o el High School, como quieran llamarlo…). Ello significó, entre otras cosas, que se terminaron las caminatas diarias hasta la escuela del pueblo, siendo sustituidas por un viaje en autobús hasta el instituto en Madisson (capital del estado). Era casi una hora de ida y casi otra de vuelta, de un viaje que se sabía como empezaba, pero cuyo resultado final siempre era una incógnita…

Aquel “autobús” amarillo chillón (sí, en Wisconsin también eran amarillos…y chillaba) atentaba contra la seguridad vial y convertía cada viaje en una aventura digna del mismísimo Mc Gyver. Su conductor respondía al nombre de Carl, cuando le gritaban porque era un poco duro de oído, y su cavidad estomacal tenía un diámetro que provocaba algunas dificultades en el movimiento de rotación del volante, lo cual tampoco ayudaba demasiado a la conducción del vehículo. Contaba con 24 asientos, el autobús, Carl sólo usaba uno de ellos, de los cuales la mitad iban vacíos por falta de ocupantes. Higor y sus amigos iban siempre sentados en los cuatro asientos traseros, les encantaban los saltos que daba la parte trasera del autobús cada vez que pillaba un bache. El motor amenazaba con saltar en pedazos cada vez que Carl lo arrancaba, y a cada pocos kilómetros sufría ciertas explosiones que ningún mecánico del estado fue capaz de solucionar…, de hecho ninguno de los dos mecánicos llegó nunca a saber de donde procedían, las explosiones quiero decir, los mecánicos… tampoco.

El consumo de gasoil en cantidades ingentes, también era un misterio, pero la parada a mitad de camino en la única gasolinera que había (en el camino porque en el estado había otra), era una parada obligada todos los días. Bueno, en realidad paraba dos veces, una a la ida y otra a la vuelta, lo cual provocó que corrieran ciertos rumores de ciertos intereses de Carl en aquella gasolinera. Los bien pensados sostenían que Carl estaba liado con el dependiente de la gasolinera, los mal pensados creían que eran los bollos que vendía aquel dependiente los que realmente atraían a Carl.


Uno de los primeros viajes que dieron nuestros protagonistas, tras la pertinente parada en la gasolinera, Carl no se percató de que Higor había bajado del autobús con el noble propósito de hacer sus necesidades más necesarias, dejándole allí tirado, bueno más bien dejándole honorablemente inclinado… Tubo que esperar allí todo el día a que volviera el autobús ya por la tarde, matando moscas en compañía del dependiente (cuyo nombre se desconoce porque era un tipo tremendamente reservado, aunque nunca se ha sabido quién le había reservado…). Higor aprendió dos cosas ese día. La primera de ellas y la más importante, que había que procurar hacer las necesidades antes de salir de casa cuando se iba a viajar con Carl, y la segunda, que era cierto que Carl no oía si no se le gritaba…

Cuando nuestros amigos llegaron por primera vez ante el instituto, se dieron cuenta rápidamente que habían tomado la decisión errónea al intentar estudiar allí. No era de extrañar, ya que Carl les dejó delante de la Iglesia que estaba a varias manzanas del instituto por no se qué asunto familiar… Cuando llegaron al verdadero instituto tres horas después, su opinión no sólo no cambió en absoluto, si no que se acrecentó enormemente. Se encontraron con una gran cantidad de chavalería de ambos sexos armando jaleo en los aledaños del instituto. Se quejaban de que… ¡empezaba el curso! Higor y sus amigos no daban crédito ante tan ridícula queja y pensaban: “cómo iban a ir a la escuela si no empezaba el curso”… Sea como fuera, el curso empezó el día que tenía que empezar.

Continuará…


5 de agosto de 2010

Crónicas Chumbescas. Capítulo 6

Bueno, como hace bastante que escribí el anterior capítulo, aconsejo más que nunca leerlo si no quieren sufrir un síndrome de confusionismo agudo… o algo peor.



Higor no se atrevía a levantar la cabeza y mantuvo su cara pegada al suelo. La chica se acercó y temerosa apartó las ramas hacia un lado, descubriendo la curiosa imagen de Higor arrodillado como si estuviera rezando en dirección a la Meca. Entonces, intuyendo que el pobre chaval no debía de ser muy normal, inició el siguiente diálogo:

Chica- Hola, ¿qué haces ahí?

Higor - Cazar ranas… (sin levantar la cabeza).

Chica- ¿Y siempre las cazas mirando para el suelo o es que se ha metido en un agujero?

Higor- No, es que me he tropezado…

Chica- Ah… ¿Y te has quedado con la cabeza bajo tierra?

Higor- ……….

Chica- Si sigues así no voy a poder verte la cara…

Higor- ……….

Chica- Vaya, por lo que veo eres muy poco hablador. Voy a alejarme un poco para no incomodarte y cuando quieras sales y hablamos.

Poco a poco, la chica fue retrocediendo sobre sus pasos hasta llegar a la orilla, donde se sentó nuevamente de espaldas a Higor, quien poco a poco, y al escuchar sus pisadas alejándose fue levantando la cabeza. Tras unos instantes de duda, y tras escupir un poco de tierra y unos gusanos que se le habían metido en la boca, se aventuró a salir de su escondrijo. Se quedó parado al lado del arbusto por si acaso tenía que volver a esconderse… Ella volvió su cara para mirarle y sonriendo le dijo “me llamo Virginia, pero todos me llaman Micaela…”. Higor se la quedó mirando mientras jugueteaba nerviosamente con la costura del borde inferior de su pantalón corto (las había sobado tantas veces que ya casi no tenía costura) y agachando la cabeza dijo “yo me llamo Higor, pero todos me llaman Higor…”.
Ella sonrió y le miró dulcemente, como quien mira a su hermano pequeño a quien están a punto de regañar por cualquier cosa y le dijo extendiéndole la mano “ven… acércate sin miedo…”. Entonces Higor, con una lentitud desesperante, echó un pie hacia delante, después el otro… y a la velocidad del rayo dio media vuelta y echó a correr en dirección opuesta, cayendo al suelo al quinto paso, otra vez al decimo segundo, otra vez al vigésimo tercero, y finalmente al trigésimo primero rodó por una pendiente colindante quedando fuera de la vista de Virginia… o de Micaela, como ustedes quieran…

Jason, que le estaba buscando desde hacía rato, lo vio correr alocadamente, y por supuesto, también le vio tropezar y caerse, así que acudió en su ayuda. Con la respiración entrecortada, Higor le relató con todo detalle en encuentro con Micaela… o con Virginia, como prefieran. Jason, que ya había tenido algún que otro contacto con alguna chica (cuando vivió en la ciudad tenía una vecina con la que se cruzaba de vez en cuando en la escalera…), decidió ir para conocer a la musa de Higor, pero ésta ya se había ido. No volvieron a verla, posiblemente porque debió de pensar que en aquel pueblo pasaba algo extraño que había afectado a sus habitantes, así que emigró a otro estado más lejano lo más rápido que pudo…

Higor se quedó un poco triste, había sido la única persona del sexo opuesto que le había dirigido la palabra (aunque Higor ignoraba hasta ese momento que hubiera otro sexo diferente al suyo), y durante unos días nadie consiguió animarle, ni siquiera su amigo Micky cuando consiguió capturar un escarabajo del tamaño de un ratón que fue añadido a su pequeño zoo.

Sin embargo, el episodio vivido con aquella chica abrió los ojos de nuestros amigos, que descubrieron con entusiasmo que, además de tirarlas piedras, también se podía hablar con las chicas, incluso aunque fueran guapas…

Continuará…

9 de abril de 2010

Crónicas Chumbescas. Capítulo 5.




Aquel verano del año 55 fue tremendamente caluroso. Higor y sus compinches se pasaban el día sudando la gota gorda y buscando la manera de refrescarse, ya que su presupuesto no les daba para tanto refresco y ni mucho menos para comprar un aparato de aire acondicionado.

Por si eso fuera poco, vivir en un pueblo tan pequeño les dificultaba bastante la labor de afanarse bebida fresca. En el pueblo sólo había dos establecimientos que comerciaran con bebidas y sus dueños ya estaban sobre aviso. En realidad eran tres comercios si contamos la farmacia, pero después de media docena de diarreas y vómitos convulsivos, decidieron descartarla como suministrador de bebidas, porque además, casi todos los embases farmacéuticos eran de plástico y no servían para estrellarlos contra las piedras.

Sólo les quedaba, como medio de refresco, un pequeño lago que distaba medio kilómetro de su casita del árbol. Pero procuraban no abusar de él, ya que el primer día que se bañaron en él, salieron del agua, completamente mojados y… arrugados. Así y todo, junto con la sombra que encontraban dentro de su casita, aquel lago, rodeado de árboles y arbustos, era un lugar ideal para pasar las horas muertas, y también para recolectar nuevos bichos para su zoológico que sustituyeran a los fugitivos que se les habían escapado. Por supuesto que para entonces ya habían construido una jaula más acorde para albergarlos.



Precisamente, Jason y Higor se habían entregado a esa tarea la tarde en que sus vidas cambiaron para siempre. John y Micky no les acompañaron porque habían sido reclutados por sus padres para ayudarles en la laboriosa tarea de la siembra, y aunque nunca supieron con exactitud qué demonios sembraban, ellos lo hacían con total devoción mientras charlaban animadamente con el espantapájaros.

Mientras tanto, Jason propuso a Higor una competición de cazar bichos por separado, quedando en encontrarse en la casita del árbol a última hora de la tarde. Higor decidió ir a buscarlos cerca del lago, lugar más que prolífero de bichos de cuatro patas y… bueno, también de dos. A unos cien metros del lago divisó una enorme rana apareciendo y desapareciendo sobre la hierba con unos enormes saltos. Tal ejemplar llamó poderosamente la atención de Higor, que sin pensarlo empezó a seguirla, no sin dificultad, ya que, como siempre, tropezó y cayó varias veces al suelo en su intento por seguirla. Cada vez se acercaba más a los árboles que rodeaban el lago y pensó que tenía que atraparla antes de que llegara a la orilla. Ya se acercaban a la orilla cuando tropezó y cayó por enésima vez, cuando al levantar la vista vio algo que le dejó perplejo…

Junto a la orilla, dándole la espalda, observó una silueta completamente desconocida para él. Una chica se quitaba la ropa ceremoniosamente hasta quedarse con un pequeño bikini, de los más pequeños de la época, o sea, bastante grande para lo que nosotros entendemos ahora como bikini, pero diminuto para la época. Higor ni siquiera sabía que existían ese tipo de prendas, así que se quedó lo más extrañado que uno se puede extrañar. Sabía de la existencia de las chicas, más que nada porque pensaba que su madre debía de haber sido una de ellas hacía años, pero nunca había visto una de cerca, ni siquiera pensaba que las niñas de su edad que iban a su colegio, fueran de la misma especie que aquella hermosura.

Como pudo se ocultó tras un arbusto para observarla. No supo intuir la edad que tenía, pero por lo desarrollada que estaba, dedujo que era mayor que él. Su pelo rubio se enroscaba en una graciosa trenza que le llegaba hasta la cintura. Cuando la chica se dio la vuelta para ordenar su ropa en el suelo, Higor, desde su escondite tras aquel arbusto, se fijó en su rostro, tremendamente angelical, pero rápidamente bajó sus ojos hasta los dos bultos que la chica tenía en el pecho, e irremediablemente, su nerviosismo hizo que perdiera el equilibrio y cayera al suelo provocando un pequeño alboroto.

La chica, sin más, se acercó lentamente hacia el arbusto. Higor dudó entre echarse a correr o echarse a temblar, optando finalmente por esto último, más que nada porque estaba seguro de que si echaba a correr, con toda seguridad se caería y no serviría de nada, así que pensó que era mejor hacer el ridículo quedándose quieto donde estaba. Nunca antes había hablado con una chica de esa edad, bueno, en realidad de ninguna edad, y le asustaba la posibilidad de que la chica saliera corriendo al verle.

Continuará…

5 de marzo de 2010

Cronicas Chumbescas, Capítulo 4

(Capítulos anteriores).

A mediados de los cincuenta, concretamente en 1955 (sí, justo en medio), para los chicos de 11 años, no había demasiadas ocupaciones en las que perder el tiempo en el que no estaban en la escuela. Higor y sus tres compañeros tenían otro denominador común: la ocupación de sus padres. Todos ellos eran granjeros y vivían en las afueras del pueblo. Eso propició que la mayor parte de su tiempo libre, lo pasaran correteando por los prados y subiéndose a los árboles de los alrededores.

Uno de esos árboles, un enorme y centenario roble, que se alzaba plantado unos metros detrás del cobertizo de la granja de Higor, les inspiró para construir sobre sus grandes ramas una casita donde reunirse a hacer sabe Dios qué, y donde recluirse de los demás niños que siempre les estaban haciendo diferentes trastadas. Decían los más viejos del lugar, que aquel árbol llevaba allí plantado desde la Guerra de la Independencia. Por supuesto, ninguno de ellos estuvo allí para verlo, así que no les hacían demasiado caso.

Fueron muchas las horas que emplearon para construir su “casita del árbol” como después la bautizaron, y muchas las cajas que tuvieron que robar en la tienda de Bob el tendero, de las que se proveían para sacar las tablas necesarias para el armazón de la caseta. El pobre Bob, aún sigue buscando a los culpables 55 años después… Por supuesto que después de tantos años ni siquiera el CSI ha sido capaz de recopilar ninguna prueba incriminatoria contra nadie del pueblo.

Jason se encargó de hacer el diseño de la casita del árbol, lo cual explica el exagerado toque rústico de la constitución de dicha casita, más que nada porque Jason era muy rústico y aplicaba a todo lo que hacía su sello personal e intransferible. La decoración interior… eso fue otra historia. El encargado de decorar la casita del árbol, fue Micky, como no podía ser de otra manera, dado que era el único de los cuatro lo suficientemente refinado y con el buen gusto necesario como para llevarlo a cabo. Claro que quien conociera a los cuatro inseparables y viera la decoración interior, nunca habría podido suponer que tal tarea la había desempeñado alguno de ellos.


John, por su parte, fue el encargado de idear la manera de subir a la casita y, dada su escasa capacidad imaginativa para crear cualquier cosa, tomó la decisión de agenciarse una escalera que su padre usaba para subir al pajar. El pobre padre de John, aún sigue buscando la escalera y nunca supo a dónde fue a parar tal instrumento. Claro que tampoco le importó demasiado, su gran fortaleza física le permitió durante años izarse a pulso con una cuerda, instalada allí por él mismo para tal menester. Como se puede apreciar, la falta de imaginación de John tenía mucho que ver con sus genes…

Higor, que sí que tenía imaginación, aunque bien es cierto que dicha imaginación era un tanto abstracta, convenció a sus compañeros para que le dejaran construir una jaula que albergara en su interior a la multitud de bichos que habían ido cazando en sus correrías campestres. Entre ellos, destacaban 4 lagartijas, 3 grillos nordistas, 5 escarabajos peloteros rallados y 2 caracoles fugaces. Se esmeró como nunca lo había hecho y el resultado fue espectacular. Recibió muchas felicitaciones de sus compañeros por tal obra de arte. El mismo día que terminaron todos los trabajos en la construcción de la casita, Higor se presentó con la espectacular jaula. Dejaron instalado en la jaula su pequeño zoológico y se fueron a sus casas muy alegres y contentos por todo lo que habían hecho.

A la mañana siguiente, cuando iban a declarar inaugurada la casita, observaron aterrorizados, que la jaula…estaba vacía. Higor no había caído en el insignificante detalle, de que la separación de los barrotes no era la adecuada, y… allí ya no estaban esperándoles ni los caracoles fugaces… Despues de llevarse semejante decepción, decidieron que lo mejor era que Higor siguiera haciendo lo que mejor sabía hacer, es decir, limitarse a observar el paisaje, sin hablar por supuesto.

La casita del árbol, aparte de servirles como lugar de reunión, le sirvió a Higor para aumentar considerablemente su número de accidentes domésticos, ya que su conocida falta de coordinación de movimientos, no le facilitaba en nada la labor de subir por aquella estrecha escalera hasta donde se encontraba la caseta (aproximadamente dos metros de altura), y era rara la semana que no visitaba el hospital con algún miembro móvil de su cuerpo roto.

A partir de aquel momento, nuestros protagonistas se dedicaron en cuerpo y alma a disfrutar del campo y de su lugar de encuentro encima de aquel árbol, ajenos al resto del mundo, o mejor dicho, ajenos al resto del pueblo, hasta que… descubrieron un mundo que hasta entonces les había sido completamente indiferente, y que por una mera casualidad entró en sus vidas, no sabemos si para mejorarlas o para empeorarlas, pero si para cambiarlas completamente. Me estoy refiriendo, al maravilloso mundo de las niñas… Pero eso será en el siguiente capítulo.

24 de diciembre de 2009

Crónicas Chumbescas. Capitulo 3.

Quien no lo haya hecho ya, que lea los anteriores capítulos…, es una advertencia.

Hasta el mencionado episodio de su exitosa operación de reducción de orejas, con tan sólo diez años de edad, Higor era un niño solitario, y su mayor virtud, consistía en ser capaz de mantener diálogos consigo mismo durante horas.
Emocionalmente hablando, tampoco era, como se pueden suponer, un niño totalmente equilibrado. Siempre fue hijo único, a sus padres no les quedó ninguna gana de incrementar la familia por miedo a… vaya usted a saber qué. Ese hecho posiblemente contribuyera enormemente a elevar su carácter introvertido, hasta el punto de que se le podía ver en ocasiones, sentado en la puerta de su casa charlando con las palomas o con cualquier otro animalito que se le acercara.

Hasta entonces, había sido un bicho raro para sus vecinos, pero después de la operación, pasó a ser un bicho raro con las orejas un poco más pequeñas, aunque sus rarezas empezaron a ser aceptadas por todo el mundo, disminuyeron las burlas y desprecios, y empezó a ser considerado como un personaje simpático e inofensivo, al que todo el mundo conocía, y a quien todo el mundo dedicaba una sonrisa cuando se cruzaba con él.

Tales muestras de cariño, fueron recibidas por Higor con inusitado entusiasmo, lo cual provocó, que poco a poco empezara a hablar con otros niños del colegio. Sobre todo con aquellos niños que como él, se encontraban un tanto marginados del resto. Cierto es que no todos los niños le trataban de igual manera, algunos le trataban de cualquier manera. Como en todos los colegios, allí había grupos de niños crueles que siempre menospreciaban a los más débiles, tímidos y, por decirlo finamente, menos espabilados. Pero al menos, ya no se sentía sólo y no era el único despreciado. Se sentía más fuerte por ello, y poco a poco se empezó a formar un grupo de amigos inseparables, maltratados, pero unidos.

El primero en acercarse a Higor, y el que fuera su mejor amigo, según éste reconociera muchos años más tarde, fue Jason Mac Arrón, otro hijo único de emigrantes escoceses, a quien conoció cuando Higor y él coincidieron en un partido de fútbol, o de soccer como le llamaban los americanos, que habían organizado los niños más gamberros de la escuela y al que por primera vez habían sido invitados. Ese día se inició una gran amistad. Se pasaron todo el partido el uno frente al otro charlando animadamente, ya que les había tocado hacer de poste de portería… cosas del “azar”. Allí recibió el primer gran consejo de los muchos que le dio Jason en su vida: “será mejor que te pongas de perfil”, a lo que Higor respondió con una sonrisa.

Pero no estaban solos. Pronto repararon en el otro extremo del campo, y allí, en la otra portería, formaban con entusiasmo John Gordon y Micky Piks, dos compañeros de clase a quienes nunca veían la cara por estar en la primera línea de pupitres mirando siempre hacia delante, y a quienes por estar tan lejos, no pudieron decirles que era mejor ponerse de perfil. Cuando terminó el partido, es decir, cuando los dos equipos se cansaron de correr, los cuatro se reunieron por primera vez, y tras las presentaciones oportunas, pasaron un largo rato contándose los moratones causados por los balonazos recibidos, y explicándose alegremente cómo el balón les había golpeado una y otra vez. “Al menos (dijo Jason), no nos han hecho jugar de balón”…

Los padres de Higor, se alegraron enormemente de que su hijo, al fin, tuviera un grupo de amigos con el que relacionarse. Ya no era un bicho raro solitario. Ahora era un bicho raro dentro de un grupo de bichos raros. Por primera vez en su vida, Higor pertenecía a un grupo, que si bien no era el deseado por los Chumbosky, al menos sirvió para que su hijo se relacionara con alguien de su misma especie, y que además, hablaba su mismo idioma.

Desde el día en que les unió el destino, se convirtieron en inseparables. Iban juntos a todas partes y todo lo hacían juntos, hasta el punto de que eran conocidos en el barrio como “los cuatro inseparables”. Jason era el más locuaz y hablador de los cuatro, lo que le valió para que sus tres compañeros depositaran en él toda su confianza para guiarles y, al mismo tiempo, les sirviera de portavoz ante la sociedad. Era el mayor de los cuatro, ya que repetía curso por tercera vez y les sacaba un año, así que con el tiempo, no sólo fue su guía, si no que se convirtió además en una especie de protector para ellos. John y Micky llevaban juntos dos años, así que se conocían perfectamente y sabían perfectamente cuales eran sus debilidades. Una de las debilidades de John, eran los dulces, que le causaba un excesivo peso, lo cual originó que desde pequeñito se le conociera con el apodo de “el bola”. Las debilidades de Micky darían para escribir un libro, y de hecho su principal característica era la debilidad, hasta el punto de que le costaba mucho trabajo soportar el peso de la ropa que llevaba puesta, y desde muy pequeñito fue conocido por sus allegados como “el débil”. Años después, descubrirían que la escasez de fuerza, no era la única debilidad de Micky. Hasta su encuentro con Jason y Higor, habían sido dos almas sin rumbo, que al fin habían encontrado quien guiara sus pasos.

Aquí abajo, podemos ver de izquierda a derecha: Jason, John, Micky, e Higor


Comenzaba pues, una nueva y esperanzadora etapa en la vida de Higor.

Continuará…

4 de diciembre de 2009

Crónicas Chumbescas. Capítulo 2

Continuación…(recomiendo a quien no lo haya hecho ya, leer antes el primer capítulo).


Lo cierto es que, a pesar de sus desastrosas calificaciones, Higor siempre fue un alumno ejemplar. De hecho, cuando sus profesores hablaban de él, siempre había alguno que decía: “menudo ejemplar”. Con tal expediente, no es de extrañar que las burlas por parte de sus compañeros fueran constantes. Tanto era así, que sus padres, se propusieron aislarle, con el objetivo de que tales burlas no llegaran a sus oídos, evitándole así al pobre Higor algún que otro trauma infantil.

Sin embargo, tales intentos, se quedaron en eso, en intentos. La calidad, así como el tamaño de los pabellones auditivos de Higor, eran capaces de captar susurros a varios cientos de metros de distancia, imposibilitando el aislamiento pretendido por sus padres. Afortunadamente, su escasa inteligencia, mitigó los efectos de la captación de diversos comentarios que no pudieron ser procesados adecuadamente por su cerebro, y se los tomó como si no hablaran de él. En cambio, sí que sufrió del síndrome “todolooigo”, o lo que es lo mismo, escuchar campanas y no saber dónde…

Por culpa de ese síndrome, se vio envuelto en algunas situaciones embarazosas, como aquella en la que mezcló inconscientemente, dos conversaciones entre las que mediaban no menos de cien metros entre ambas. Una mujer pedía un kilo de manzanas en la frutería mientras que un hombre compraba carne en la carnicería de Phil el carnicero, llegando a los oídos de Higor la siguiente conversación:

M: “¿Me pone un kilo de manzanas?”
H: “La carne es demasiado gruesa”
M: “No son para mi. Son para mi hija, que está en edad de crecer.”
H: “¿Y qué tal está la ternera?... ¿Muy jugosa?
M: “Esa está demasiado verde. La quiero más madura”.
H: “Estará más jugosa si la parte con el cuchillo en trocitos antes de echarla a la plancha”.
M: “Pero las maduras son más fáciles de pelar”.
H: “Claro, claro, pero cuando se convierta en vaca será más dura para masticar”.
M: “Entonces no la dejaré madurar y la trituraré en la licuadora…”.
H. “No, si hace eso antes de ponerla en la plancha, podría manchar toda la cocina de sangre…, y ya sabe lo que eso significaría…”.
M: “Si, entonces la meteré en el horno y me la comeré asada…”.

En ese preciso momento, Higor escandalizado, corrió a buscar al policía más cercano y le instó a que detuviera a la señora y al frutero. Por alguna extraña razón, había entendido que estaban planeando matar a la hija de la señora para comérsela… El policía miró incrédulo a aquel mozalbete que le tiraba de la manga con insistencia, y tras unos segundos de duda, solicitó refuerzos. Por supuesto, detuvo a los sospechosos y ambos tuvieron que pasar unas horas en el calabozo, hasta que consiguieron demostrar, no sólo que no iban a matar a la hija, si no que ésta estaba tan delgada que no tenía ni cien gramos de carne pegada a los huesos.

Este suceso y alguno más parecido, obligaron a sus padres a buscar una solución drástica. Y la encontraron. Pero no pudo llevarse a cabo, porque lo que no encontraron fue un cuchillo, ni un hacha, lo suficientemente fuerte como para cortarle las orejas, así que se quedó con ellas puestas. Ya a la desesperada, publicaron un anuncio en la prensa nacional, con magníficos resultados. Un famoso médico de Nueva York, cuyo nombre no será desvelado aquí por cuestiones de seguridad, se puso en contacto con ellos, afirmando conocer el remedio que pondría fin al sufrimiento de Higor.

La intervención se llevó a cabo con un éxito rotundo, y preguntado el médico por el procedimiento empleado, respondió con total aplomo y seguridad: “Lo que tenía este chico en sus oídos, eran unos huesos demasiado desarrollados, así que le hemos extirpado los martillos…, los yunques pesaban demasiado, así que los hemos dejado en su sitio, lo cual no nos ha impedido reducir considerablemente el tamaño de sus orejas. Ahora al menos, aparte de oír lo justo, también habrá orejeras de su talla.”


En la fotografía, se puede observar cómo quedaron sus orejas después de la operación.


Meses después, nuestro protagonista caminaba por la calle feliz, escuchando sólo lo que tenía que escuchar, y tropezándose con todo lo que se tenía que tropezar…

Continuará…, ya dije que esto da para mucho…

25 de noviembre de 2009

Crónicas Chumbescas.

¡Eureka! Contra todo pronóstico, he llegado al escrito, entrada, post o como lo quieran llamar, número 100. O sea, que estoy de centenario más o menos. Y aprovecho ésta ocasión tan especial…, tranquilos que no voy a empezar a saludar a diestro y siniestro, ni a agradecer a todo el mundo no se qué…, aprovecho como iba diciendo, para cambiar de look, no, no me refiero a dejarme la calva larga…, y también aprovecho para presentarles a un personaje, más o menos famoso, más bien menos que más, ya que si fuera muy famoso no necesitaría presentación, cuyas andanzas son dignas de relatar, pero como ocupan algo así como un Quijote y medio, lo haré, no en capítulos sino en temporadas… si es que me dejan, claro.

El personaje de quien voy a hablarles responde al nombre de Higor Chumbosky, de los Chumbosky de Wisconsin de toda la vida, se identifica con el alias de Higor Chumbosky, pero conocido en los círculos más íntimos por sus allegados por el apelativo cariñoso de Higor Chumbosky.
Les relataré con pelos y señales, más con señales que con pelos por razones obvias para todo aquel que me conozca, como aquel niño llegó a convertirse en santo varón y subió a los altares, no cuando se casó porque era incasable, si no a los altares donde reposan todos los santos varones.

Empezaremos por el principio, por su niñez, para seguir avanzando poco a poco en su peculiar existencia, hasta llegar a sus últimos días, que por cierto, no se sabe a ciencia cierta si ya han llegado o si están por llegar, porque a día de hoy, su paradero es completamente desconocido, incluso para quienes lo están buscando.

Nació el 29 de Febrero de 1944 en Wisconsin, más concretamente en el condado de Vernon, así que sólo celebraba cumpleaños cada cuatro años. Nació como todos, desnudo y envuelto en viscosidades ensangrentadas. Y nació porque su madre ya no lo aguantaba en su interior y suplicó que se lo sacaran. Lloró por primera vez, al ver la cara de furia de la comadrona con el brazo alzado para azotarle, e intentó salir corriendo cuando le depositaron en brazos de sus padres. Por supuesto, no sólo no lo consiguió, si no que se quedó definitivamente con ellos. Los Chumbosky, procedían de Higeristán, y aunque emigraron de muy jóvenes a Wisconsin, quisieron recordar su origen, y en su honor, a su vástago le pusieron de nombre Higor.

Allí, en Vernon, dio sus primeros pasos de la mano de su padre, el cual, invitó a todos sus vecinos el día que al fin pudo soltarle para que caminara sólo, y llegara hasta la carnicería de la esquina, propiedad de Phil el carnicero, a la tierna edad de 6 años. Desde muy pequeñito, fue un niño bastante espabilado y despierto para su edad, salvo cuando dormía claro está, y a pesar de ello, siempre acababa el último en todo. Nunca llegó a la conclusión de que, quizás no debería de ser tan despierto, y dormir un poco más para estar más descansado. Pero la verdad es que, aunque hubiera querido dormir más, no habría podido. Su facilidad para equivocarse producía que se pasara horas intentando cerrar los dos ojos a la vez, y cuando lo conseguía, era más por inercia que por su propia habilidad.

La coordinación de sus movimientos fue, durante su infancia, un auténtico quebradero de cabeza para sus padres, que buscaron mil y una formas de subsanar tal incapacidad. En primera instancia, le obligaron a que observara como lo hacían ellos, pero no funcionó, ya que al cerrar estos los ojos, se quedaban dormidos, con lo cual Higor sólo los veía cerrar los ojos una sola vez. Vieron que su perro tenía un tic en los ojos, que le hacía cerrarlos una y otra vez, sin dormirse, así que le dijeron que se sentara a observarle, al perro, no el perro a Higor. Tal entrenamiento dio sus frutos, y tras varios días observando al perro, al fin, Higor aprendió… a mover la cola y sacar la lengua, todo ello de manera instintiva y compulsiva, lo cual le valió más de un pescozón por parte de alguna señorita ofendida, y la amenaza de algún marido furioso, de cortar todo aquello que no se quedara escondido en su sitio…

Su alimentación, no fue todo lo equilibrada que debiera si no todo lo contrario, ya que su organismo, tenía tendencia a almacenar la grasa en el lado izquierdo de su cuerpo, provocándole una perdida de equilibrio constante. Ese fue uno de los motivos de que siempre caminara inclinado hacia la derecha, lo cual no ayudaba en nada a su ya mencionada falta de coordinación de movimientos.

A pesar de todo, sus padres, no se sabe aún cómo, ni a quién sobornaron, consiguieron que admitieran a Higor en una escuela pública del condado de Buffalo, porque en la de Vernon, les fue completamente imposible. Allí, su máximo objetivo fue el de pasar desapercibido, objetivo que rápidamente entendió que no iba a alcanzar, dada su habilidad para meter la pata, cumpliendo el pronóstico de fracasar estrepitosamente.

Pronto, sus profesores, se dieron cuenta de que se encontraban ante un alumno especial. Sus notas en la escuela, tampoco contribuían demasiado a su intención de pasar desapercibido, y en ocasiones, para poder interpretarlas correctamente, debían de ser colocadas estratégicamente en un pentagrama con la colaboración de su profesor de música, asignatura en la que Higor llegó a destacar cuando le llegó el turno de tocar el triángulo, instrumento para el cual, y según su profesor, demostró tener un increíble talento.

Continuará…, se lo aseguro.