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1 de marzo de 2017

Hacerse oír...

Hacerse oír es necesario. Conseguir que los demás te escuchen, si quieres que los demás sepan lo que piensas y, además, porqué lo piensas, suele ser un acto aconsejable, a la par que recomendable.

Recomendable y aconsejable, sobre todo, si lo que tienes que decir es interesante y relevante para la salvaguarda del bien común. Si no es así, uno corre el riesgo de quedar como el culo, que también se hace oír de cuando en cuando, para soltar… flatulencias sin sentido por su estrecha boca. Y últimamente hay demasiada gente que lo hace. Quiero decir que hay demasiada gente que suelta flatulencias sin sentido por su estrecha boca… y queda como el culo.

No sé qué pensará usted, pero hacerse oír, para decir algo que todo el mundo de este planeta, y parte del universo, ya sabe de nacimiento, como que “los niños tienen pene, las niñas tienen vulva”, no sólo me parece irrelevante e innecesario, sino que también me parece una flatulencia totalmente absurda. Vamos, lo que se viene llamando “un pedo mental”. Tan cierto y absurdo, como hacerse oír para decir “el agua moja” o “Jordi Hurtado no envejece”.

El tema no pasaría de una mera anécdota, con la que reírse de sus protagonistas, si no fuera porque quien se hace oír con semejante tontería, lo hace guiado por una motivación tan indignante: el rechazo a quien hace uso de su libertad para elegir su sexo. La continuación de su mensaje “si naces hombre, eres hombre, si eres mujer seguirás siéndolo”, está cargado de intolerancia y fobia hacia los transexuales.

Me gustaría saber cuál es el motivo que le lleva a “pensar” así y hacerse oír lanzando ese mensaje. Quizás todo sea producto de una posible frustración, sufrida cuando su pareja decidió cambiar de sexo, dejándolo con un palmo de narices y usted lo haya traducido en fobia hacia los transexuales. Es posible, igualmente reprochable, pero posible. Porque si ese fuera el motivo, debería usted cambiarse también de sexo y retomar la relación, o si lo prefiere, volverse homosexual. Piénselo bien. Ni siquiera tendría que hacerse oír para declarar su amor por su pareja, porque ya quedaría sobradamente demostrado con su acción…  

Si no es así, si lanza ese mensaje sin ninguna razón personal que lo haya dejado afectado, a usted, que se hace oír para soltar semejante flatulencia por su estrecha boca, yo le digo: ¿y a usted qué coño le importa lo que cada cual haga con su pene o su vulva o, en definitiva, con su vida? ¿Acaso es usted menos feliz porque alguien, a quien ni siquiera conoce, necesita cambiar su sexo para sentirse realizado? ¿No tiene usted un motivo más noble o una causa más justa para hacerse oír? Supongo que no. Supongo que la gente como usted, tiene demasiado tiempo libre y la suficiente intolerancia para buscar causas tan absurdas como ésta.


Eso sí, le pido por favor, que la próxima vez que quiera hacerse oír, lo haga en su casa y, a ser posible, hágalo bajito para que nadie le oiga, así no correrá el riesgo de quedar como el culo… ni provocará que nadie tenga que taparse los oídos…












24 de noviembre de 2014

Indignado...

Esto es un blog de humor. O al menos intenta serlo…

Pero en algunas ocasiones, deja de serlo momentáneamente, para reflejar algún otro tipo de sentimiento. En este caso, ha sido la indignación quien me ha llevado a escribir algo que se sale de la naturaleza de éste blog. Y éste sentimiento, el de indignación, ha nacido tras leer el post del amigo “Sí, Bwana”, propietario y escritor del blog “El blog del Bwana” (lugar que les recomiendo encarecidamente).

El post en cuestión, el que ha conseguido indignarme, habla de la increíble noticia publicada en El País, acerca de que los hijos de la Gran Bretaña, más concretamente los mandamases de Londres, han decidido colocar pinchos en los suelos de portales y demás repisas de aceras, en las que acostumbran a sentarse y tumbarse los diferentes indigentes que pululan por las calles de Londres. Pero como todos sabemos, no es sólo un problema de Londres, si no que es un problema que existe en todas las ciudades del mundo.



No sé qué pensará usted al respecto, pero a mí, se me encoge el corazón cada vez que veo a alguien durmiendo en un banco o… en el suelo de cualquier lugar de cualquier ciudad. Sin embargo, ésta gente, tan bien acomodada ella, la única solución que se les ocurre, es ponerles pinchos a su “colchón”, en lugar de construir unos albergues en condiciones en los que esta pobre gente, al menos, pueda dormir. Seguramente, ni usted ni yo podamos hacer gran cosa para solucionar el problema. Pero ellos sí. Son ellos, los que tan bien acomodados están, los que tienen la solución, y por eso me indigna aún más que sean ellos quienes más se quejan.

Posiblemente, sea porque no vean en ello un problema, sino simplemente un fastidio y una incomodidad para ellos mismos y su inmaculada y estirada imagen de millonetis, y que lo único que intentan evitar con ésta medida es que, al recibir visitas en sus lujosos pisos céntricos, sus visitantes no se encuentren con alguien durmiendo en su portal dañando irremediablemente… su inmaculada y estirada imagen de millonetis. Completamente patético.

Es casi seguro, que ni usted ni yo, lleguemos a gobernar este país. Y casi me atrevería a afirmar, que no gobernaremos ningún otro país. Pero en el remotísimo caso de que llegara a hacerlo, intentaría instaurar una ley que obligara a toda esta gente, a los millonetis, a que aportaran cierta cantidad mensual para la construcción y mantenimiento de albergues para la gente menos favorecida, mantenimiento que, dicho sea de paso, supondría puestos de trabajo para mucha gente que actualmente no tiene trabajo.


Personalmente, no me importaría en absoluto que, una parte de mis impuestos, se destinara a tal medida. A usted tampoco ¿verdad? Lo imaginaba. Después de aguantarnos que, de nuestros mismos impuestos, se le hayan regalado 30.000 millones a los eficientes banqueros… ¿cómo nos va a importar que lo empleen para los indigentes?...