6 de marzo de 2017

Erase una vez...

Erase una vez, no dos ni tres, si no una sola vez, una lugareña llamada Belinda, que habitaba sola en el bosque.

Un bosque cualquiera, de esos que tienen árboles, animalitos y quizás también un río. Y digo quizás, porque también es posible que no hubiera ningún rio, y como el cuento no  hace ninguna referencia a supuestos ríos por ningún lado, dejaremos su posible existencia en una mera suposición.

Dicho bosque se encontraba al norte del país. De algún país. No, tampoco sé de qué país se trata, pero no se preocupe porque no tiene la más mínima trascendencia en el devenir del cuento. El desenlace podría haber sucedido en cualquier país del mundo y parte del extranjero y habría sido el mismo.

Dicha lugareña, cuyo nombre respondía al deseo de sus progenitores, y al de su abuelita también, cuando imploraban “be linda” (sé linda, para los agnósticos, en aquel país se hablaba el Spanglish) no la quedó más remedio que ser linda… y se quedó con Belinda como nombre. Porque afortunadamente para ella, fue linda.

O desafortunadamente, quién sabe, porque el hecho de ser tan tan… guapa (empecemos a llamar a las cosas por su nombre), fue la causa de que, desde temprana edad, viviera sola en el bosque. Sus padres, muy “protectores” ellos, y también poco inteligentes, todo hay que decirlo, decidieron que de esa manera, podrían evitar que los moscones en forma de ciudadanos de a pie, la acosaran con sabe Dios que deshonestas intenciones.

Y a tal efecto, construyeron una casita en el bosque, dotándola de todo lo necesario para que la moza se sintiera cómoda, trasladándola a su nueva morada a la tierna edad de catorce años. De cuando en cuando, sus padres se acercaban a visitarla y reponer su despensa, comprobando con el paso de los años, cómo Belinda crecía hermosa y lozana, cumpliendo la mayoría de edad ajena al mundo exterior.

Anhelaban sus padres, sacar partido a su belleza, e intentar casarla con el príncipe de aquel país, con el noble motivo de salir de la pobreza. Instruyeron a Belinda haciéndola crecer con la idea de que tenía que casarse con el príncipe. No, no era un príncipe azul, eso sólo pasa en los cuentos. Bueno, mejor dicho en otros cuentos, en éste no, el príncipe de éste cuento era de color blanco caucásico, tan blanco que podría pasar por un plebeyo más, y de quien lo único que conocían los plebeyos era su gran riqueza. Su belleza era una incógnita para ellos, más una x que una y, pero les bastaba con su patrimonio para cumplir sus intenciones.

Por su parte, el príncipe, anhelaba casarse con una bella princesa, pero como quiera que en aquella época, y en éste cuento, la belleza era bastante escasa entre las princesas de los reinos colindantes, simplemente anhelaba casarse con una bella doncella. Resultaba un tanto superficial, bastante superficial diría yo, y desentendiéndose de intentar descubrir la belleza interior de dichas princesas, las desestimaba una y otra vez, muy a disgusto de sus padres, que empezaban a cansarse ya de organizar y pagar banquetes reales en busca de unir coronas.

Como todo príncipe que se preciara de la época, tenía un caballo blanco también blanco caucásico, para no desentonar con su jinete, con quien solía dar largos paseos, seguido a veces, las más, de un séquito de corceles negros montados por sendos criados que le proporcionaban escolta. Eran órdenes del Rey, y aunque no era estrictamente necesario, dada la bonanza de todos los lugareños (en este cuento no hay maleantes), dicha escolta proporcionaba una seguridad emocional más que conveniente. Trataba de evitar con ello el  Monarca, que alguna lugareña caza fortunas atrajera la atención del joven príncipe.

Sin embargo, el príncipe, muy travieso él, de cuando en cuando, conseguía escabullirse del palacio, sabe Dios con qué intenciones, y dando esquinazo a la escolta, se alejaba cabalgando campo a través para, una vez lo suficientemente alejado, caminar tranquilamente por los prados, pensando en lo que quiera que piensan los príncipes jóvenes y solteros sin compromiso. Todo esto, era del perfecto conocimiento de los padres de Belinda, que vieron en esas ocasiones de soledad del príncipe, una oportunidad única para llevar a cabo sus intenciones…  


Continuará…





18 comentarios:

  1. Me has dejado esperando la próxima entrega ¿Serán felices? ¿Comerán perdices? ¿Comerán perdices pero serán infelices por haber sucumbido a un matrimonio de conveniencia mutua? ¿O serán felices por separado comiendo cualquier otra cosa? Tal vez coman perdices cada uno por su lado. También es una posibildad.

    En fin, que hay mucho cabo suelto todavía. A ver si nos desenmarañas la historia. Besotes!!!

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    1. Como decía aquel anuncio "hay que saber esperar para probar un buen flan..." jajaja
      Besos.

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  2. Yo también espero a ver qué pasa.
    Besos.

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    1. Espero que no se te haga larga la espera jajaja
      Besos.

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  3. Que curiosidad aunque me espero un final poco feliz... Sobre todo para la engañada Belinda

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    1. La curiosidad mató al gato jajaja
      Besos.

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  4. Seguro que la segunda entrega, todavía es mucho más apasionante.

    Salud Elvis.

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    1. Puedes estar seguro, esto sólo ha sido la introducción jajaja
      Saludos.

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  5. Como no cambie mucho la cosa en la segunda entrega, el príncipe caucásico por ahora me cae bastante gordo ;P

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    1. Ya veremos si cambia o no... jajaja
      Besos.

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  6. Con un caballo caucásico cualquier reto es asumible.

    Saludos.

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    1. Y más en aquellos tiempos, cuando la alfalfa era el más preciado combustible...
      Saludos.

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    1. Tranquilo, sólo estoy cogiendo aire...
      Saludos.

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  8. Espero la continuación...

    Un abrazo.

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  9. Aquí hay tema, vamos que si hay.
    Espero que la moza tenga cuatro dedos de frente y cuando pueda le dé matarile al principe y encabece una revuelta que derroque la podrida monarquía y ponga una república. Seguro que entonces no le faltarán pretendientes.

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    1. Veo que tienes espíritu de guionista. O de revolucionario. Qué sé yo...
      Saludos.

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Uy lo que han dicho...